Hay una ley no escrita que gobierna las economías y también las conciencias: cuando el Estado se expande, las empresas se expanden. Cuando el Estado se contrae, todo se contrae con él. No es magia, no es ideología, es una mecánica obvia y entendible. Y sin embargo, cada tanto algún funcionario aparece y se sorprende de que las familias estén ahogadas en deudas mientras él celebra números macroeconómicos que nadie siente en la panza.
Lo que está ocurriendo hoy en Argentina es un caso de manual de cómo las políticas restrictivas terminan colonizando cada rincón de la vida cotidiana, desde la mesa familiar hasta las oficinas de las empresas. El gobierno anuncia que la economía está encauzada, que los números cierran, que el rumbo es el correcto. Mientras tanto, las familias hacen malabares con una tarjeta de crédito que ya no les da más, piden un préstamo personal para saldar la tarjeta, no pueden pagar el préstamo, recurren a un familiar que les presta sin interés, y tampoco pueden devolverle. No es falta de voluntad. Es falta de ingresos. La ecuación es simple: cuando el consumo se desploma, las ventas caen, las empresas dejan de producir, la gente pierde el trabajo o el poder adquisitivo, y el círculo se retroalimenta hacia abajo.
Lo que ocurre en la mesa de una familia es el mismo fenómeno que ocurre en las cuentas públicas. El Estado toma deuda para financiar su déficit, no puede pagarla, toma más deuda para pagar los vencimientos anteriores, y la mochila se vuelve cada vez más pesada. En ambos casos, la lógica es la misma: se resuelve un problema inmediato generando un problema mayor a futuro. Y en ambos casos, la trampa se cierra sola.
El problema de fondo no es la deuda en sí misma. Toda economía moderna opera con deuda. El problema es que la nuestra no genera los ingresos suficientes para sostenerla. Ni la familia que pide el crédito para pagar la tarjeta, ni el Estado que pide el préstamo para pagar el anterior, están resolviendo la cuestión de fondo: qué producimos, para quién, a qué precio, con qué valor agregado.
Argentina tiene una ventaja que pocos países tienen: produce alimentos para cientos de millones de personas, tiene recursos energéticos, minerales, conocimiento científico, industrias tecnológicas, un mercado interno que en otros tiempos fue el más fuerte de la región. Pero hemos decidido, durante décadas, vivir de la renta financiera y la especulación en lugar de la producción real. Hemos decidido que el negocio está en la bicicleta financiera, no en la fábrica. Y así nos va.
Las políticas contractivas que hoy festejan algunos son la consecuencia directa de años de no resolver esta ecuación estructural. No se puede gastar más de lo que se produce eternamente. Pero tampoco se puede sostener una economía si la única respuesta es ajustar, porque el ajuste no genera producción, la destruye. Cuando el Estado se achica, la economía se achica, la gente gasta menos, las empresas venden menos, y el círculo se profundiza. Es como si quisiéramos salir de un pozo cavando para abajo.
El paralelismo entre la vida cotidiana y la vida macroeconómica es tan evidente como triste. Una familia que se endeuda para pagar deudas anteriores no está resolviendo su problema: Necesita lograr ingresos suficientes. Un país que se endeuda para pagar vencimientos anteriores tampoco está resolviendo su problema: no produce valor agregado suficiente para el mundo. La única salida sostenible es la misma para ambos: generar más, producir mejor, vender a precios competitivos para afuera y más bajos para el mercado interno, y con eso recuperar el margen para vivir sin asfixia.
Pero para eso hace falta algo que nos cuesta horrores: sentarnos a planificar. No planificar desde la escritorio de un ministro que impone recetas importadas, sino planificar desde la realidad de cada sector, desde las empresas que necesitan inversión, desde los trabajadores que necesitan empleos que les permita vivir dignamente, desde las familias que necesitan previsibilidad. Planificar con horizonte de décadas, no de semanas. Planificar para producir lo que el mundo necesita, no lo que nos dicta la especulación financiera. Nadie necesitado vende bien, ni una familia, ni un Estado. La necesidad nos confunde. Es tan duro y doloroso el sufrimiento que regalamos y sentimos que estamos vendiendo bien. Es la paz del consumo que mata a la abstinencia.
La Argentina lleva décadas atrapada en este círculo. Décadas de gobiernos que se alternan entre el gasto desmedido y el ajuste brutal, y en el medio nunca resuelven la ecuación del valor agregado. Somos un país que podría ser potencia mundial en alimentos, en energías renovables, en industrias creativas, en tecnología. Pero preferimos discutir si el dólar está caro o barato, si la tasa de interés sube o baja, si el cepo se abre o se cierra. Es la discusión de quien no quiere mirar el problema de fondo.
El círculo se rompe cuando decidimos dejar de mirarnos el ombligo y empezamos a mirar al mundo. No para pedirle plata, sino para ofrecerle algo que valga la pena. No para esperar que la coyuntura nos sonría, sino para construir las condiciones para que el crecimiento no dependa de la suerte. No para repetir la historia de siempre, sino para escribir una nueva.
Mientras no resolvamos esto, seguiremos atrapados. Las familias seguirán pidiendo préstamos para pagar préstamos, las empresas seguirán sobreviviendo sin poder crecer, y el país seguirá celebrando números macro que no se traducen en mesas servidas. El círculo no se rompe solo. Se rompe cuando decidimos, de una vez por todas, sentarnos a planificar un país que genere valor real. Porque sin valor agregado, no hay ingreso. Sin ingreso, no hay consumo. Sin consumo, no hay producción. Y sin producción, la única salida es más deuda, más ajuste, más círculo. Siempre el mismo círculo.




