Block de Notas

El Engaño de la Alfabetización Digital

Hay frases que suenan tan bien que nadie se detiene a cuestionarlas. «Preparar a las nuevas generaciones para el mundo que viene» es una de ellas. Suena a responsabilidad, a visión de futuro, a adultos que piensan en los jóvenes. El problema es que, aplicada sin criterio, se convierte en todo lo contrario.

En los últimos meses, varias provincias argentinas han anunciado con bombos y platillos la incorporación de inteligencia artificial generativa en escuelas primarias. La promesa es tentadora: chicos que «dominan la tecnología desde pequeños», que «se familiarizan con las herramientas del futuro», que «no llegan tarde a la revolución digital». Suena increíble, pero capaz no lo es.

Mientras aquí festejamos que un nene de seis años le pida a ChatGPT que le haga la tarea, el mundo viene dando marcha atrás. No por conservadurismo ni por miedo a lo nuevo, sino porque los datos son claros. La Unesco recomendó hace tiempo que el piso para usar estas herramientas sea los trece años. La Unión Europea clasificó cualquier uso de inteligencia artificial en educación como «de alto riesgo» y hoy no tiene ni una sola herramienta de este tipo aprobada en sus aulas. Países como Suecia, después de una década de digitalización masiva, están invirtiendo millones en volver a los libros de papel. China, que lidera la carrera tecnológica global, prohíbe que los chicos usen estos sistemas solos. En Estados Unidos, un proyecto de ley con apoyo de ambos partidos busca directamente prohibir los chatbots para menores de edad.

Pero acá parece que el consenso global no aplica. Acá vamos contra todo y contra todos, con la soberbia del que cree que descubrió algo que nadie más vio.

¿por qué tanto freno afuera y tanta aceleración acá?

La respuesta está en lo que Jonathan Haidt describe en La Generación Ansiosa. Lo que hicimos con las redes sociales en la década pasada —entregarles dispositivos a los pibes sin red de contención, sin comprensión de lo que estábamos haciendo— produjo la crisis de salud mental adolescente más profunda de la historia. Depresión, ansiedad, autolesiones, suicidio: todo explotó al mismo tiempo que la conexión digital se volvía ubicua. No fue una coincidencia. Fue un experimento masivo con nuestros hijos como conejillos de indias, y perdimos.

Ahora vamos por más. Ahora, sin aprender nada, les entregamos inteligencia artificial a los mismos chicos que ya están devastados por las pantallas.

Los estudios sobre lo que pasa en el cerebro cuando un chico usa IA son terminantes. Uno del MIT midió la actividad neuronal de estudiantes mientras escribían ensayos. Los que usaron ChatGPT mostraron hasta un cincuenta y cinco por ciento menos de conectividad neuronal que los que escribieron solos. El ochenta y tres por ciento no podía recordar lo que su propio ensayo decía. Y cuando les sacaron la herramienta, el efecto no se revirtió. El cerebro ya se había acostumbrado a no hacer el trabajo. Los investigadores llaman a esto «deuda cognitiva»: cuanto más delegás, menos recuperás.

Es como un músculo que se atrofia por falta de uso. Si un chico nunca hace el esfuerzo de pensar, de escribir, de equivocarse y corregirse, su cerebro no desarrolla esas conexiones. Y después no hay herramienta que lo reemplace, porque ya no hay sustrato sobre el que construir.

Haidt insiste en algo clave: la tecnología no es neutra cuando interfiere en etapas sensibles del desarrollo. El cerebro infantil no es un disco duro vacío que hay que llenar de información. Es un órgano que se moldea en la interacción con el mundo físico, con otros cuerpos, con la frustración que enseña, con el aburrimiento que activa la creatividad. Cuando un algoritmo responde antes de que el niño piense, cuando la gratificación es instantánea y no requiere esfuerzo, algo fundamental se rompe. Y no se repara después.

El mismo estudio del MIT encontró algo que debería ser obvio pero no lo es para nuestros funcionarios: los que primero aprendieron solos y después usaron inteligencia artificial rindieron mejor que todos. La herramienta puede potenciar el aprendizaje, pero solo si el cerebro ya hizo el trabajo pesado antes. Darle ChatGPT a un pibe que todavía está aprendiendo a leer no es potenciar nada. Es anular el proceso. Es construir una generación que sabe pedirle respuestas a una máquina pero no hacerse las preguntas a sí misma.

El argumento de siempre y hasta hace poco yo estaba ahí, es que «hay que adaptarse a los tiempos». Como si la tecnología fuera un destino ineludible y no una herramienta que podemos regular, dosificar, elegir. Como si entregarles pantallas a los seis años fuera «adaptarse» y no rendirse. Como si el futuro fuera algo que pasa, no algo que construimos. La tecnología hoy es una adicción. Deshumaniza, presiona. Debemos repensarnos, revalorizar la vida, volver a lo bio y mantener la tecnología como una herramienta.

Semanas atrás vi un trabajo q mostraba a padres de adolescentes diciendo que lo que más quisieran es que sus hijas e hijos suelten un poco las pantallas. Lo mismo que niñas y niños de hasta 9 años piden a sus padres. Se entiende.

En Silicon Valley, los ejecutivos que diseñan estas tecnologías mandan a sus hijos a escuelas sin pantallas. Saben algo que acá no queremos ver: la exposición temprana no forma genios, forma dependientes. La alfabetización digital no es saber usar una app, es entender cómo funciona, cuáles son sus límites, cuándo sirve y cuándo estorba. Y eso no se aprende a los seis años.

El problema de fondo es que estamos delegando en la tecnología funciones que debería cumplir la escuela. En lugar de enseñar a pensar, enseñamos a operar dispositivos. En lugar de formar ciudadanos críticos, formamos consumidores dóciles de productos digitales. En lugar de construir autonomía, construimos dependencia.

Lo más grave es que no hay debate. Estas decisiones se toman en silencio, sin consultar a especialistas, sin escuchar a los que vienen estudiando el tema hace años, sin preguntarle a los padres. Se anuncian como un logro, como si entregarles inteligencia artificial a los pibes fuera un avance y no un retroceso. Y los que pagarán el costo son los mismos de siempre: los que hoy tienen seis años y dentro de veinte no van a entender por qué les cuesta tanto concentrarse, pensar por sí mismos, sostener una idea sin que se la de una máquina.

Confundimos modernidad con progreso, que medimos el éxito por la cantidad de dispositivos y no por la calidad de los aprendizajes, que nos gusta más el gesto que la sustancia. Y mientras tanto, una generación entera está siendo formateada para depender de algo que no entiende, manejada por algoritmos que no eligió, convencida de que usar una máquina es lo mismo que pensar.

El futuro no es automático. Se construye con decisiones conscientes, con límites claros, con evidencia y no con ocurrencias. Y si no lo entendemos rápido, vamos a descubrir demasiado tarde que preparamos a nuestros hijos para un mundo que no supimos construir. Otra vez.

por Pablo Ruda

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