Block de Notas

Acelerar sin Rumbo

¿Por qué el Progreso se Volvió Más Dañino que la Inacción?

Vivimos atrapados en una contradicción que nadie se anima a nombrar en voz alta. La tecnología avanza a una velocidad que no podemos gestionar, los científicos nos prometen la vida eterna mientras los sistemas de salud colapsan con los viejos que no sabemos cómo sostener, y el mercado laboral se prepara para desaparecer puestos de trabajo sin tener la más mínima idea de qué harán esas personas cuando sus empleos ya no existan. Y sin embargo, seguimos. Seguimos acelerando sin freno, sin preguntarnos si realmente necesitamos ir tan rápido, sin consensuar hacia dónde queremos ir. Como si el progreso fuera un destino inevitable y no una decisión colectiva.

El ejemplo más evidente es la inteligencia artificial. No hay duda de que la IA va a transformar el mercado laboral de forma masiva. Los estudios más conservadores estiman que el cuarenta por ciento de los empleos actuales podrían automatizarse en la próxima década. No hablo de tareas aisladas, hablo de ocupaciones enteras. Conductores, cajeros, administrativos, traductores, diseñadores, incluso abogados y médicos en muchas de sus funciones rutinarias. Millones de personas en todo el mundo se quedarán sin trabajo. Y antes de que alguien salga con el argumento de siempre —»siempre aparecen nuevos empleos»— conviene recordar que esa lógica funcionaba en la revolución industrial porque los nuevos trabajos requerían capacidades humanas que las máquinas no tenían. Hoy la máquina aprende. Y lo que aprenda mañana, hoy todavía no lo sabemos.

Pero el problema no es la tecnología en sí misma. El problema es que estamos avanzando a toda velocidad sin tener la más remota idea de qué haremos con el desempleo masivo que viene. No hay un plan global, no hay una red de contención, no hay un debate serio sobre renta básica universal o reconversión laboral masiva. Simplemente seguimos empujando el desarrollo porque el sistema capitalista nos exige crecer siempre, innovar siempre, reemplazar siempre. Y el costo humano de esa carrera lo pagan los mismos de siempre.

¿Qué nos obliga a seguir avanzando si no tenemos respuestas? ¿Quién firmó ese contrato donde la tecnología siempre es buena y la cautela siempre es retrógrada? Podríamos frenar. Podríamos decir «hasta acá llegamos, primero resolvamos los problemas que ya generamos, después seguimos». Pero no, la inercia es más fuerte. El miedo a quedar atrás, la presión de la competencia, la lógica de que el que no corre vuela, todo eso nos empuja hacia delante aunque no sepamos dónde vamos a caer.

El otro gran absurdo de nuestra época es la obsesión por alargar la vida. La ciencia médica invierte miles de millones en investigar cómo vivir ciento veinte, ciento cincuenta años, cómo revertir el envejecimiento, cómo postergar la muerte. Al mismo tiempo, los sistemas de salud están colapsados, las jubilaciones son insostenibles, las familias no pueden cuidar a sus ancianos porque todos trabajan, y cada vez nacen menos bebés. No hay un plan para los viejos que ya tenemos, pero nos obsesiona crear más viejos. No sabemos qué hacer con los que están, pero invertimos fortunas en que haya más.

Hay una desconexión profunda entre lo que la ciencia puede hacer y lo que la sociedad está dispuesta a sostener. La tecnología nos permite alargar la vida, pero no nos da herramientas para hacerla digna. Podemos mantener a una persona con vida mediante máquinas durante años, pero no podemos garantizarle que tenga a alguien que la visite, que tenga una jubilación que le alcance, que tenga un sistema de salud que no la deje esperando meses por una consulta. Alargar la vida sin garantizar su calidad no es progreso, es condena.

El ser humano piensa cada vez más raro, dice el refrán popular. Y es cierto. Nos angustiamos por la posibilidad de que una inteligencia artificial nos domine, pero no podemos organizarnos para que nadie pase hambre. Nos preocupamos por colonizar Marte, pero no podemos evitar que familias enteras vivan en la calle. Invertimos fortunas en buscar vida extraterrestre, pero no sabemos qué hacer con la vida que ya tenemos acá, en este planeta, en este barrio, en esta cuadra.

Hay prioridades que están al revés. La tecnología debería servirnos para vivir mejor, no para correr más rápido detrás de una idea de progreso que nadie definió. Una buena inteligencia artificial no es la que reemplaza trabajadores sin darles alternativa, sino la que libera a las personas del trabajo pesado para que puedan dedicarse a lo que realmente les importa. Una buena medicina no es la que alarga la vida a cualquier costo, sino la que reduce el sufrimiento, previene enfermedades, y permite morir con dignidad. Una buena economía no es la que crece sin freno, sino la que garantiza que nadie quede afuera.

Pero para eso hace falta algo que no tenemos: un consenso sobre lo que realmente importa. Una discusión colectiva sobre qué tipo de mundo queremos construir. Un freno voluntario a la aceleración insensata para pensar, planificar, priorizar. La tecnología no es mala en sí misma, pero la carrera sin rumbo sí lo es. Y esa carrera no es un destino inexorable: la elegimos, la sostenemos, la financiamos. También podemos frenarla.

Imaginemos por un momento una economía del bien común. Donde el objetivo no sea el crecimiento del PBI sino la calidad de vida. Donde la innovación no se mida por patentes registradas sino por sufrimiento evitado. Donde el progreso no sea una flecha hacia adelante sino una expansión hacia adentro, hacia lo que nos hace humanos: cuidarnos, acompañarnos, construir juntos. Suena utópico, lo sé. Pero el modelo actual tampoco funciona. Y al menos la utopía tiene la ventaja de que no nos condena a repetir los mismos errores.

Mientras tanto, seguimos corriendo. Seguimos desarrollando tecnologías que no sabemos cómo gestionar, alargando vidas que no sabemos cómo sostener, reemplazando trabajos que no sabemos cómo reemplazar. Y en algún punto, alguien tendrá que preguntarse: ¿para qué tanta carrera si no hay una llegada que valga la pena? ¿De qué sirve llegar primero si no sabemos adónde vamos?

La tecnología debería ser una herramienta para vivir mejor, no una excusa para no pensar. El progreso debería ser una decisión colectiva, no una inercia imparable. Y mientras no resolvamos eso, seguiremos avanzando a ciegas, generando problemas que no sabemos resolver, creando futuros que nadie pidió. No es tarde para frenar. Pero el tiempo, como la tecnología, no espera.

por Pablo Ruda

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